
Eso pienso que hago cuando hago un regalo, cuando cocino algo que sé que gustará a alguien concreto, cuando doy una sorpresa bonita, cuando dejaba hueco en la calle al desaparcar el coche de mi madre en Madrid, cuando llamaba a un candidato a decirle que le contratábamos. Sobretodo, en esta última situación, me di cuenta de que participaba en uno de los momentos más emocionantes de muchos trabajadores: estudiantes recién licenciados con su primer trabajo, mujeres con pocas esperanzas de encontrar trabajo en crisis, gente que lleva mucho en el paro, gente que se alegra de oir tu llamada, aunque sea, para conocerle en una entrevista.
El sábado vi que hay muchos trabajos así. Un repartidor de flores debe de sentirse muy parecido a como me sentía yo en mis llamadas.
Ding dong…
Sí?
Traigo unas flores (caja de cartón que me llega por la cintura)
¿De verdad?
Sí, son ustedes Pepita y Josito, ¿verdad?
Hum… pues no.
Vaya, ¿pero esta es la casa nº tal?
Sí, pero Pepita y Josito no viven aquí ya…
Vaya.
…
Bueno, ¡pues quédatelas tú!
¿Cómo?
Sí, ¿no te gustan las flores?
¡Mucho!
Pues ya está, si es que no puedo llevárselas a nadie más. Es sábado y es el último servicio.
¿Seguro?
Que sí, mujer, que sí.
¡Que tengas un buen día!
Y aquí que tengo el ramo, en el salón, que me siento como si tuviera la mesa de Charlotte en pleno Park Ave con ese ramo de flores blancas preciosas.
Creo que ya no va a haber razón que me salve de no coger un ramito todas las semanas… que estamos en el país de los tulipanes y las flores en general… Qué bonita está la casa.





















